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«El espía inglés»: El bueno, el feo y el ruso

Aunque la Guerra Fría parezca ya cosa del pasado, sus consecuencias y tensiones siguen estando vigentes hoy día. Esta complicada disyuntiva provoca que la representación cinematográfica de la Guerra Fría no resulte siempre igual de satisfactoria y, especialmente, igual de objetiva, algo de lo que parece carecer la nueva película del británico Dominic Cook, El espía inglés.

La cinta, que se estrena en España el próximo 29 de octubre, lleva a la pantalla la historia real de Greville Wynne (Benedict Cumberbatch), un vendedor industrial que trabajó para el servicio de inteligencia británico como espía durante distintos viajes a la Unión Soviética. Allí entabla relación con Oleg Penkovsky (Merab Ninidze), un alto funcionario soviético que filtrará información confidencial sobre los misiles de Cuba con la intención de alertar a los Estados Unidos, frenar la escalada de tensión y escapar de la URSS.

El espía inglés desarrolla su tensión en pequeñas dosis, dedicándose a contextualizar las historias de Wynne y Penkovsky con un cuidado diseño de producción que parece recrear fielmente los escenarios en los que la historia se desarrolla y cuidando con mimo la ambientación y el vestuario.

Sin embargo, resulta decepcionante que después del tiempo que el director emplea en presentar a sus personajes, el espectador nunca termina conociendo bien sus motivaciones e intereses. Cooke articula el guion, escrito por Tom O’Connor, a través de los tópicos comunes de las películas de espías en la Guerra Fría, erigiendo a personajes algo planos que se sostienen por el buen desempeño de los actores, en especial un Cumberbatch bastante solvente, que aporta la ligereza necesaria para que la película no termine resultando demasiado tediosa.

Y es que el mayor fallo de El espía inglés es no aportar nada nuevo a la historia de la que parte. Conociendo algo del contexto en el que se enmarca, la película no consigue encontrar un verdadero impulso narrativo que justifique el porqué de su visionado. Sin personajes atractivos ni una verdadera historia que contar, el resultado final termina resultando poco convincente y con cierto regusto a deja vu.

Obviando los para nada sutiles clichés de que todos los rusos eran malísimos (excepto aquellos que querían desertar) y que todos los estadounidenses (y británicos) intentaron instaurar la paz mundial mediante el diálogo, El espía inglés acaba conteniéndose tanto que cuando al fin parece explotar, la película ya ha acabado. Hasta ese momento, todo lo demás resulta tan medido que uno acaba sabiendo los momentos en los que aparecerá un momento humorístico, uno de tensión o uno emotivo, incluidos las innecesarias imágenes finales sobre los personajes reales.

Sin pretender ser una lección de historia, El espía inglés tampoco presenta demasiados atributos para resultar memorable, comparada con otras películas de espías. Es entretenida y sirve como bonito homenaje para los personajes reales en los que se basa, pero no hay nada detrás de una elegante, bonita, fría y vacía fachada. La del lado occidental, claro.

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