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Tokyo Drift, alerones y nostalgia

The Fast and the Furious: Tokyo Drift (2006). Van fast y, a veces, furious. Están en Tokio y hacen Drift. Por en medio, un puñado de historias de amor y poder entre los neones y las carreteras tokiotas. Javier Ocaña, crítico en El País, decía de ella que iba de neowestern de ciudad, y así es. Con sus forasteros, sus fronteras, su México como guarida y sus duelos, en los cuales se pone a prueba la testosterona predominante ya sea con un revólver o con un Mitsubishi Evo.

Tokio es la energía y lo bizarro, pero también es el asfalto y la agresividad con el foráneo. ¿Qué es una ciudad, sino la suma de las fotografías que se toman de ella y se suben a internet? Se preguntaba un tuitero hace unos días. A juzgar por Instagram, Tokio es un compendio de lucecitas y pisos pequeños y apilados, pero también coches de colores fuertes con alerones. Multitud de productos culturales nos vendieron esa imagen de la capital japonesa, pero The Fast and the Furious: Tokyo Drift (2006) constituye un canon excesivamente cani que ha envejecido extrañísimamente bien, sobre todo para los que estamos todavía en los primeros años de adultez. Una buena muestra de ellos es el videoclip de Bichiyal, la canción de Bad Bunny y Yaviah, que es un calco plano a plano de muchas secuencias de la película dirigida por el especialista en la saga Justin Lin.

Está bien.

Es como una enorme y hortera catedral de cristal en mitad del desierto, en la que en su interior guarda un mundo que nos sorprende que llegara a existir. La nostalgia de los primeros años de siglo es peligrosa como todas las nostalgias, pero vista con distancia en esta película uno no puede más que deleitarse, porque los botellones y el roneo, en persona y por chat, es algo inherente a la chavalería, dando igual que se haya nacido en Yokohama o en un pueblo de Jaén.

La nostalgia es algo bastante peligroso, porque se corre el riesgo de caer en lo reaccionario. Me da un poco de miedo hacerme mayor y convertirme en un Loquillo, Calamaro o cualquier rockerillo boomer que añora todo tiempo pasado, porque me está empezando a pasar cuando escucho Bandolero de Don Omar y Tego Calderón en la escena final de esta película. Madre mía, con 21 tacos que tengo.

No es spoiler.

Por cierto, en la facultad hicimos un corto inspirado en esta película. No la había visto y puede que tampoco hiciera falta.

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